20 de febrero de 2010

El Tuerto


¿Qué como puedo hacer esto me preguntas? ¿Como puedo dedicarme a matar a los de mi propia raza? Mi gente, mi sangre dices.

¿Remordimientos? No, no siento nada. Solo este vacío que crece a medida que tu vida se te escapa entre mis dedos.

¿Por qué? Supongo que te refieres a porque lo hago. Quieres saberlo antes de morir. ¿No es eso?

¡Bueno! no es que me guste hacer lo que hago pero en el fondo es como cualquier trabajo. Es simplemente cuestión de dinero, aunque la primera vez fue por mucho menos.

No era más que un muchacho exhausto y hambriento que deambulaba por el bosque, no recuerdo el porqué. Solo recuerdo aquel hambre atroz que me nublaba la razón.

Mi olfato me condujo hasta un claro donde un grupo de humanos habían masacrado un pequeño convoy de elfo oscuros, solo quedaba un bebé con vida que no dejaba de llorar. Supongo que estarían discutiendo que hacer cuando yo aparecí y que mi situación era bastante evidente. Uno de los humanos me dijo en un élfico bastante pésimo “si matas al bebé podrás comer” Ni siquiera me lo pensé, el hambre era insoportable.

Aquel humano me acogió en su casa. No puedo decir que me tratase bien, siempre ponía especial énfasis en recordarme mi despreciable origen pero al menos nunca más volví a pasar hambre ni frío.

Me enseñó técnicas de combate, emboscada, sigilo, tortura, todo lo necesario para ser un buen mercenario. Soy bastante bueno en esto ¿Sabes? Los elfos oscuros lo llevamos en la sangre, somos asesinos por naturaleza. Él no se cansaba de repetírmelo.

¿Monstruo? Tiene gracia. Dijo lo mismo cuando le hundí mi daga en el pecho. Asesino, traidor, monstruo...llámame como quieras pero por lo general se me conoce como El tuerto.

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