9 de septiembre de 2014

El despertar del druida.

Un cuento corto que hice como presentación de dos de mis personajes de Wow. Tiene su ilustración pero está a lapiz y no sé cuando me atreveré a meterle color. Pido disculpas por los errores de lore que pueda tener.


 I - Ulsey  CimadelTrueno.

   Era una mañana cálida de finales de primavera y como era la tradición tauren un grupo de jóvenes aprendices de druida se había reunido en Claro de Luna para celebrar el rito de paso de grado. 
Ulsey  no paraba de rascarse la barbilla. Estaba en esa edad en la que a los jóvenes taurens empieza a crecerles la barba lo que era un incordio porque picaba bastante. Comenzó a aburrirse. Conocía la ceremonia de memoria, la habían ensayado muchas veces antes. Tendría que permanecer allí sentado un buen rato hasta que sus maestros terminaran los rituales de presentación de ofrendas a los ancestros. Distraído observó el paisaje que le rodeaba. Su mirada se posó en una arboleda cercana que emanaba un tenue resplandor esmeralda. Dos palabras cobraron  forma en su cabeza de modo inmediato “Sueño esmeralda” Sus ojos se abrieron de par en par y una sonrisa pícara apareció en su cara. ¿Sería allí donde los druidas dormían el sueño esmeralda? ¡Eso tenía que verlo con sus propios ojos!

- ¡Oye Tolem! - le susurro a su compañero - Vuelvo enseguida, no me delates.
- ¡Que dices Ul! ¡¿A dónde vas?! - Tolem le miró sorprendido. 

Ulsey puso la mano en el suelo e hizo brotar un enorme champiñón. Cogió una rama, la partió en dos y se las clavó a modo de cuernos. Le puso su capa por encima y ¡Listo! Nadie notaría su ausencia. 

- Volveré antes de que se den cuenta. Lo prometo.- y se escabulló con sigilo felino hasta la arboleda.
- ¡Vuelve Ul! ¡Te la vas a cargar!- susurró su compañero alarmado.

   Ulsey  quedó fascinado contemplando la cúpula de suave luz esmeralda en cuyo interior descansaban los druidas sobre lechos de piedra. Parecían congelados en el tiempo, pensó. Extendió la mano hacia la cúpula de luz pero no llegó a tocarla, sabía que no debía hacerlo. Su mirada recorrió las figuras durmientes hasta posarse en una fácilmente reconocible. El único tauren que descansaba allí. Le inundó un sentimiento de admiración y devoción. Lentamente caminó rodeando la cúpula hasta donde yacía el archidruida tauren. Tan fascinado se sentía  que no se fijó donde pisaba. Una raíz se enredó en su pezuña y sin que nada lo impidiera Ulsey cayó de bruces al interior de la cúpula esmeralda. Se dio la vuelta e intentó levantarse pero el cuerpo no le respondía, le pesaba demasiado. Un inmenso sopor le invadió. Los parpados se le cerraban sin poder evitarlo.
   - ¡No puede ser! Tengo que volver, tengo que…- El sueño esmeralda le envolvió por completo y el joven tauren quedó dormido junto a los demás druidas.

                   -o-

   Ulsey intentó abrir los ojos. La luz era muy brillante y le dañaba. Los parpados le pesaban sobre manera. Lo intentó de nuevo. Con  los ojos entreabiertos vio un rostro de piel pálida y cabellera negra. La imagen era  borrosa. Alguien cantaba una dulce canción. No pudo entender lo que decía. Permaneció tumbado largo rato hasta que consiguió abrir los ojos por completo. Se encontró contemplando el cielo azul salpicado de nubes. Entonces calló en la cuenta, la cúpula esmeralda había desaparecido. Se incorporó hasta quedar sentado.  Los durmientes tampoco estaban. Sintió un enorme peso en su cabeza que le hizo inclinarla hacía abajo, se quedó perplejo por lo que vio. Sus crines y su barba le habían crecido hasta la cintura y su pelaje gris se había vuelto negro. Se llevó las manos a las sienes donde sentía el peso. Tocó su cornamenta, también había crecido, era tan grande como la de un adulto. ¿Un adulto? Ulsey empezó a ponerse nervioso. Miró sus manos. Eran anchas y fuertes. ¡Eran Enormes! Cada vez estaba más alterado, no entendía nada. Se levantó de un salto pero el suelo y sus pies estaban a más distancia de la que debería. No controló el equilibrio y calló de morros. Su cornamenta se clavó en el terreno. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué significaba todo aquello? Ulsey se sentía cada vez más asustado. Decenas de champiñones empezaron a brotar a su alrededor, uno nació debajo de su hocico y al crecer se le metió por el orificio de la nariz. Intentó zafarse  pero estaba bien clavado al suelo, tuvo que dar un enérgico impulso para soltarse. Tan fuerte fue el envite que quedó de nuevo tumbado boca arriba mientras montones de hongos surgían y explotaban soltando esporas curativas a su alrededor. Un disco lunar comenzó a formarse encima de él, cuando completó la formación descargó su rayo. Ulsey se  quedó blanco, inmóvil. El rayo había impactado justo entre sus piernas. Se incorporó de nuevo y contemplo aterrado el caos creciente a su alrededor. El disco lunar aparecía aleatoria mente descargando rayos. Los champiñones germinaban y explotaban a un ritmo tan frenético como su respiración. El aire empezaba a arremolinarse y a formar pequeños tornados y él...él estaba a punto de ponerse a gritar igual que un crío histérico. Su acelerada respiración y el champiñón que le obstruía la fosa nasal hicieron que se sintiese mareado. Le faltaba el aire. En ese momento pudo percibir como la energía de su interior bullía descontrolada. 

  -¡Un momento!- Pensó- Aquí no hay nadie. ¿Esto lo estoy provocando yo?- Se sacó el hongo de la nariz, tomo una bocanada profunda de aire y exhaló despacio. Comenzó a controlar su respiración y a tratar de clamarse. A medida que lo hacía también se iba aplacando la naturaleza desatada de su alrededor. 
¿Que había ocurrido? Se preguntó mientras recuperaba la calma. Recordó haberse escabullido de la ceremonia para ver a los archidruidas durmientes y de haber tropezado entrando de forma fortuita en el sueño esmeralda. No recordaba nada del sueño, era más bien una sensación. La sensación de haber estado haciendo algo. ¿El qué? No lo recordaba.  ¿Durante cuanto tiempo?  Volvió a mirarse los brazos anchos como troncos de árbol. Sin duda había pasado el tiempo suficiente como para hacer de él un tauren adulto. Se quedó tumbado contemplando  el sosegado transitar de las nubes abrumado por ese pensamiento. Una figura le tapó el sol. Ulsey se incorporó y reconoció al elfo de la noche que le miraba divertido. Era uno de los druidas durmientes, tuvo la impresión de conocerlo desde hacía mucho. El elfo se agachó y cubrió con su capa al tauren. Solo entonces Ulsey se percató de que estaba desnudo.

- ¿Cuánto tiempo ha pasado?- Preguntó.
- No lo sé amigo mió- respondió el elfo- Vuelve con tu gente, cuando estés preparado búscanos en el santuario de Malorne. Ahora debo irme.

El druida elfo se alejó dejando a Ulsey sentado en la tranquila arboleda intentando asimilar todo aquello. ¿Qué habría sido de su gente? ¿Le habrían olvidado? ¿Le reconocerían al verle? ¿Les reconocería él? Suspiró resignado y se puso en pié.
                                                



II - Yuhe Runaplata.

   Yuhe reprimió un bostezo. Estaba algo cansado de estar allí plantado junto a su compañero durante horas. Guardaba las puertas del pabellón mientras sus superiores estaban reunidos, una tarea bastante tediosa para un joven paladín deseoso de demostrar su valía. De momento tenía que conformarse con misiones de escolta o vigilancia debido a su bajo rango. En aquella ocasión le había tocado escoltar a una delegación horda a Claro de Luna. Al término de la reunión su capitán les dio descanso hasta nueva orden. Comió con sus compañeros de escolta y luego decidió darse un paseo por el lugar. La frondosidad y belleza de aquel valle le recordaba mucho a los bosques de su patria.
Caminaba tranquilamente cuando reparó en una figura tumbada entre los árboles. Se acercó y vio a un enorme tauren despatarrado sobre la hierba. Su ropa estaba hecha jirones como si le hubiesen estallado. Yuhe se agachó alarmado para comprobar si estaba vivo. El tauren roncaba plácidamente. Sorprendido reparó en los druidas que descansaban en sus lechos de piedra a escasos metros de él. Comprendió donde se hallaba, había oído infinidad de veces las historias sobre el sueño esmeralda pero algo no encajaba en aquella escena. ¿Qué podía haber sucedido para que aquel druida estuviese fuera de su lecho de aquella manera?
Se levantó para acercarse al círculo de piedra y antes de poder dar un paso sus pies tropezaron con algo yendo a aterrizar sobre la barriga del tauren durmiente. El joven elfo contuvo la respiración y observó al druida sin atreverse a mover. El tauren abrió ligeramente los ojos, parpadeó y le miró. El paladín se puso blanco, el pulso se le disparó. ¡Había sacado al druida del sueño esmeralda! Sin saber que hacer no se le ocurrió otra cosa que ponerse a cantar una nana Sin’dorei. Aquello pareció dar resultado. El tauren volvió a cerrar los ojos pero antes de poder sentirse aliviado Yuhe percibió movimientos a su alrededor. Levantó la vista y descubrió que los druidas estaban despertando. ¡Había profanado el sueño de los druidas con su torpeza! El pensamiento se encendió en su cabeza chillando como una alarma gobling. No podía imaginar las consecuencias de semejante acto. Un pánico irracional le invadió y salió corriendo de la arboleda. Sin aliento llegó a la orilla del lago y se dejó caer. No podía creer lo que acababa de hacer. Había huido de la escena del crimen. Permaneció un buen rato allí intentado calmarse. Lo que más aterraba a Yuhe no era la pena por haber interrumpido el sueño de los druidas si no la vergüenza que supondría para la familia. Su padre era un héroe de Rasganorte, prefería afrontar el castigo antes que manchar su nombre, aunque la condena supusiera el fin de su carrera como paladín, una carrera que apenas acababa de empezar. Les decepcionaría igualmente. Sus pensamientos se sucedían frenéticos.

-¡Yuhe, al fin te encuentro!- exclamó una voz a su espalda. Al oír a su compañero se puso en pié de un salto. - El capitán quiere que nos reunamos con él en el pabellón central. 

  Yuhe sintió que el cielo se desplomaba sobre su cabeza. El tauren le había visto. Le habrían identificado enseguida. Muchos de los miembros de la delegación horda eran elfos de sangre pero solo él tenía el pelo negro, algo bastante inusual entre los Sin’dorie y fácilmente reconocible. No podía huir otra vez, tenía que afrontar su castigo.
Yuhe entró en el pabellón como un zombi. Todo el mundo estaba allí reunido. Se quedó plantado en la entrada. Estaba muy pálido y un sudor frío le recorría la espalda. Su compañero al verle allí quieto le instó a que ocupara su lugar como escolta. Su capitán estaba de espaldas a él, se volvió y pronunciando su nombre se acercó. Yuhe tragó saliva y deseó con todas sus fuerzas que un vacío abisal se abriera en ese preciso instante bajo sus pies y le tragara. Aquello significaba el fin. Armándose de valor dio un paso al frente.

 -Mi capitán, yo...yo...- intentó formar una frase coherente.
- ¿Qué te ocurre muchacho? Estás muy pálido. ¿Te encuentras bien?- El capitán le miraba preocupado.
- No. Yo…- Yuhe estaba cada vez más blanco.
- Pareces enfermo, deberías descansar.- Le interrumpió el capitán- Tienes permiso para retirarte. En cuanto nos aclaren el porqué ha sonado el cuerno de Cenarius despertando a los druidas, le pediré a alguno que vaya a atenderte.
¿¿Como?? ¿Cenarius era quien había despertado a los druidas? El joven elfo sintió que la tensión de su cuerpo se relajaba de golpe. Le fallaron las rodillas.

- ¡Dahirus, Llévale a la enfermería!- ordenó el capitán.
- No, no. Estoy bien, estoy bien – Yuhe se sentó. El color volvió poco a poco a sus mejillas mientras daba gracias mentalmente a todos los ancestros y se juraba que jamás volvería a huir de sus responsabilidades y que siempre afrontaría las consecuencias de sus actos.
Ya recuperado del traumático trance observó a los reunidos. Se fijó en los druidas durmientes ahora despiertos. Había un tauren entre ellos pero no era aquél sobre el que había caído. Pensándolo con más calma, la presencia de aquel tauren en la arboleda era bastante extraña. Estaba fuera del círculo de lechos de piedra, tumbado sobre la hierba como si alguien lo hubiese arrojado allí sin ningún miramiento y su ropa estaba destrozada. Lo buscó con la mirada por toda la sala pero no lo vio. No volvería a verle hasta muchos años después. 
Afortunadamente para Yuhe aquello quedó en una vergonzosa anécdota que jamás contaría a nadie.

           -o-

   Las tropas de la horda comenzaron a embarcar en los zeppelines. Había un gran bullicio. Todos estaban entusiasmados y charlaban animados sobre el nuevo continente descubierto al sur de Azherot al que se dirigían como tropas de apoyo. 
Una vez dentro del zeppelín Yuhe buscó un hueco entre sus enormes compañeros donde soltar su equipo de campaña. Orcos y taurens le doblaban en tamaño. Entre el bullicio se oía la voz grave de un tauren que no paraba de contar chiste, hacer bromas y animar a sus compañeros con su alegre cháchara. Se volvió para mirarle divertido por su acento sureño. Se quedó de piedra. Conocía a aquel druida. Jamás había olvidado su rostro. ¿Como olvidarlo después de lo sucedido en Claro de Luna? Un sentimiento de vergüenza y culpa le había perseguido durante todos aquellos años. El druida reparó en la cara desencajada del elfo y se acercó.

-¡Eh, tú!- dijo posando su mano en el hombro del pálido Yuhe- ¿Es tu primera vez? No tienes ná que temer compañero. Los camaradas estamos pa protegernos los unos a los otros. Yo soy sanador y te aseguro que me emplearé al máximo pa que ninguno de vosotros recibáis daño.- el druida hablaba con entusiasmo mientras le estrujaba con su enorme brazo. Al retirar la mano de la armadura de Yuhe brotó un champiñón.

-¡Ups! Disculpa- dijo el druida mientras le quitaba el hongo- Aún no controlo del tó este hechizo.
   - Deja al muchacho Ul. Le vas a poner más nervioso de lo que ya está – dijo la sacerdotisa que lideraba el grupo.
-Y a mi me va a estallar la cabeza como no te calles - Exclamó otro tauren que andaba cerca.
- Pos aquí tengo un champiñón curativo ideal pa dolores de cabeza hermano Jorf- El druida se giró para seguir dando la tabarra a su compañero.

El joven paladín aprovechó para retirarse. Al parecer el druida no le reconoció, le había tomado por un novato pero prefirió pasar desapercibido y no discutir sobre sus logros en la guerra contra el Martillo Crepuscular ni de su pericia en combate. 

- ¿Te encuentras bien?- La sacerdotisa se le acercó. 
- No se preocupe por mi, lady Aoreola- Yuhe se puso firme. Sentía una enorme admiración por aquella mujer. Siempre que la miraba no podía evitar preguntarse como alguien que llevaba tantos años luchando en tantas guerras absurdas podía seguir conservando la serenidad. No solo tenía el don de sanar el cuerpo si no también de sosegar el alma con la dulzura de su voz. 

   - Procura descansar, el viaje será largo- Tocó suavemente su hombro y la agitación que sentía desapareció.
- Así haré, lady Aoreola.

   - ¡Para de una vez Ul! - Se oyó protestar una voz al fondo -¡Eres más latoso que un gobling!
- ¡¡Eeeeh!! ¡¿Que pasa con los goblings?! - respondió otra voz chillona.

Las horas pasaban lentamente. La noche había caído ya. En el interior de la nave solo se escuchaba el monótono rugir de los motores. Todos dormían excepto Yuhe que no conseguía conciliar el sueño. Comenzó a entonar una vieja canción Sin’dorei. Cantar le ayudaba a relajarse en las noches difíciles previas a un enfrentamiento.

- Eras tú quien cantaba aquel día. ¿Verdad?- era la voz del druida.
Yuhe calló de inmediato. Tomó aire y contestó.
- Sí. Fui yo quien te despertó- Esperó la reacción del druida sin atreverse a mirarle directamente, al no recibir respuesta alzó la vista. El tauren recostado en un nicho cercano al suyo tenía cerrados los ojos y reposaba tranquilo con una sonrisa en la cara.
- ¿No estás enfadado?- Dijo algo desconcertado.
- Ummm...yo no debía estar en el sueño esmeralda y...aún estaría perdido en él de no ser... por ti- Esta vez hablaba con la parsimonia habitual de los taurens- Lo que estoy es...agradecido.
- ¿Qué hacías allí tirado? Siempre me lo he preguntado- La cuestión le había estado reconcomiendo desde entonces.
   - Digamos que...mi entrada en el sueño fue... un tropiezo.
   - Y tu despertar también lo fue- Murmuró Yuhe sintiéndose aliviado.

El druida se incorporó y le tendió la mano amistosamente.

 – Me llamo Ulsey Cimadeltrueno- le guiñó un ojo con picardía- Ul para los amigos.
    - Yuhe – El elfo le estrechó la mano profundamente agradecido por el indulto que acababa de recibir- Yuhe Runaplata.

Al soltar la mano del tauren sintió un tremendo hormigueo en su palma. Un champiñón crecía en ella.

- ¡Ups!- Ulsey disculpándose le despegó la seta de la mano- Tengo que practicar más.
 Al joven elfo le entró la risa floja y los dos comenzaron a reír.
   -¡Callaos!- grito un orco irritado- ¡algunos intentamos dormir!

Aquella noche Yuhe durmió tan profundamente como hacia años que no dormía.

                                      Fin.

18 de febrero de 2014

Razid

Un pequeño relato que forma parte de uno de mis muchos guiones de cómic que andan cogiendo polvo en los cajones.


Razid

En la arcaica mansión en el corazón de Káydhas capital, una familia se reúne para acompañar a la abuela en los últimos días de su vida. La anciana con las pocas fuerzas que le quedan pide hablar con el hombre que se sienta junto a la chimenea vestido con una gruesa túnica que no deja ver su rostro.
El hombre se acerca al lecho de la anciana y todos los demás salen de la habitación. La anciana tiende su huesuda mano a éste.
- Padre...cuando yo muera...el demonio quedará libre... ¿Que pasará entonces?
El hombre coge la enjuta mano de la anciana con la suya, joven y fuerte.
- No lo sé...no lo sé.
                                                     -o-

En una cabaña en medio del bosque una familia hace su vida cotidiana, mientras la madre prepara la cena, las niñas “juegan” en otra habitación.
La mayor está concentrada haciendo los preparativos para lo que será su primer intento de invocación siguiendo las instrucciones de un viejo y raído libro.

-¿Y si estos demonios ya están cogidos? ¿Funcionará?- pregunta la pequeña asomándose al libro.
- Pues no sé...- dice la mayor comenzando la invocación.
-¡Aparece ante mí Jezzelek!- dice mirando la lista de nombres de seres demoníacos del libro. No ocurre nada.
-¡Acude a mí...Mazarak!- Vuelve a intentarlo varias veces sin resultado.
-¿Vas a recitar todo el libro?- dice la pequeña aburrida al cabo de un buen rato.
-¡Acude a mí poderoso...ummm...emmm...- sin mirar el libro, se lo inventa- ...Razid!
Un tenue resplandor empieza a brotar del círculo cobrando intensidad, la pequeña grita entusiasmada, a la mayor se le acelera el pulso. Tras un breve destello el círculo se apaga quedando las dos decepcionadas.

Toc, toc, toc, llaman a la puerta.
- Id a abrid niñas, debe ser vuestro padre- dice la madre desde la cocina.
Sin tiempo para recuperarse del fracaso la mayor corre a abrir la puerta. Frente a ella en el umbral de la puerta hay una siniestra figura envuelta en una túnica negra. Asustada vuelve a cerrar la puerta a toda prisa.
-¿Qué pasa? ¿Qué son esas caras?- llega la madre al escuchar el portazo.
-¡Es un brujo Kensai, es un brujo, he visto su montura!- dice la pequeña encantada.
La madre vuelve a abrir la puerta. Un caballero elfo vestido con elegantes ropajes y sonrisa amable espera junto a la puerta.
- Disculpe mi intromisión señora, no era mi intención asustar a las niñas.- dice de forma educada.
-¿En que puedo ayudarle señor?- pregunta la madre.
-Me encuentro de paso por estas tierras y me he desorientado, la noche se presenta fría y me preguntaba si podría ofrecerme cobijo, le pagaré bien.- dice el elfo.
-Mi marido está de caza y no tardará en volver pero no creo que ponga objeción en acoger a un viajero, pase y caliéntese junto a fuego señor... - dice la madre invitándole a entrar.
-RunaPlata a su servicio señora- responde el elfo con una cortés inclinación de cabeza.

-¿Es usted nigromante señor? – pregunta la mayor tímidamente mientras se ofrece guardarle la capa.
- ¡Sería estupendo tener un demonio para que proteja a mi familia!- Entusiasmada, la pequeña agasaja al viajero.
-Me temo pequeña que eso no es tan simple- dice el elfo en tono cordial- Para invocar a un demonio primero tienes que saber su nombre, luego tendrás que llamarle, luchar contra él y vencerle, amenazar su vida hasta obligarle a aceptar el pacto demoníaco que le convertirá en tu esbirro- Se inclina hacia la pequeña en forma de complicidad - pero si no estás segura de vencer déjale marchar antes de que empiece el combate y podrás salvar la vida, aunque ...- Se encoge de hombros - no siempre es una garantía. Los demonios odian a los brujos.

Sentados todos a la mesa para la cena, la madre está inquieta porque el padre aún no ha vuelto. Las niñas siguen su animada conversación sobre demonología con el forastero, la mayor le cuenta su aprendizaje  autodidacta y le pide consejo respecto a su fracasada invocación.

-Entonces...- El nigromante clava su mirada a la muchacha helándole la sangre- ...eres tú quien me ha llamado.

– Lo primero que te dicen en la escuela es que jamás llames a un demonio al que no puedas vencer. –Dice el elfo bajando el tono de voz. Su penetrante mirada deja paralizada a la muchacha y una sensación de pánico recorre el cuerpo de esta.

La madre está ocupada dándole de comer a la pequeña y demasiado preocupada por la tardanza de su marido como para prestar atención a la conversación de ambos.
-¿Y usted a vencido a muchos demonios señor Runaplata?- pregunta la pequeña despreocupada.
- ¡Oh si, ha muchos!-dice el elfo recuperando su habitual tono cordial- Y ahora, si me disculpan, creo que será mejor que me marche.- Se levanta de la mesa y recoge sus cosas para irse.
-¿Cómo? ¿No va ha quedarse?- dice la madre extrañada mientras le acompaña a la puerta.
- No ha sido una acción acertada ¿No es así?- el elfo lanza su pregunta al aire, nadie presta atención a la chica aún sentada a la mesa que pálida y temblorosa susurra “puedes marcharte”

En el umbral de la puerta el viajero le da las gracias a la mujer por la cena.
- Ha sido un placer señora y perdone las molestia que le he causado- le entrega una bolsa con oro, cuando la madre levanta la mirada del bolsón de dinero, el elfo ya no está, sale al camino a buscarlo y  se tropieza con el marido que está de vuelta.
No hay ni rastro del forastero.

                                                                  Fin